La carrera de Leopoldo Federico lleva más de seis décadas y coincide con los agitados vaivenes del tango. Conoció las épocas doradas y los momentos de zozobra. El bandoneonista siempre los atravesó con su estilo brillante, en los formatos más variados. Hoy, a los 81 años, su huella se propaga entre músicos de diferentes generaciones.
Cuando las orquestas típicas se contaban de a decenas, se fogueó en las distintas corrientes (Piazzolla, Gobbi, Di Sarli, Salgán). Con su propia orquesta, destacó como cantante solista a Julio Sosa, el último eslabón masivo del género, y en tiempos en que el tango debió replegarse, también tocó en notables tríos y cuartetos, escondidos entre los pliegues de una época difícil para esta música.
Por eso el nuevo disco se debate entre la sorpresa y la confirmación. Es la posibilidad de escucharlo en la intimidad de los solos de bandoneón, pero no se trata únicamente de una cuestión de forma. Es sobre todo la revelación de una perspectiva singular: la introspección de sus solos contrasta con su mezcla musical avasallante de intensidad y ternura.
Con un repertorio que une estéticas diferentes -piezas gardelianas, de la Guardia Vieja, piazzollianas y de su propia factoría-, el eje en común es el sonido más retraído y apocado, concentrado, sin ráfagas enérgicas ni despliegues de virtuosismo. Fotografía un momento de inmensa emoción, un instante mágico. La soledad de un bandoneón nocturno.
Andrés Casak, periodista, julio de 2008